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Para pensar
Un autor desconocido describía respecto al cisne una de las historias más indescifrables del mundo animal. Bellos, orgullosos, de largos y estilizados cuellos, armónicos, los cisnes no cantan, salvo los ejemplares de una de sus especies que emiten un sonido algo gutural y poco agradable de cuando en cuando.
Sin embargo, casi todas las especies de cisnes rompen su mudez de toda la vida en un único momento: cuando van a morir. En ese mismo instante cantan de una manera armoniosa y casi mágica. El sonido de ese canto puede escucharse hasta cinco o seis kilómetros de distancia en los espacios abiertos y se parece, por momentos, a la música de un corno, que es un típico instrumento de orquesta Sinfónica.
Luego, cuando la muerte está ya más cercana, aquel sonido cambia misteriosamente y se asemeja mucho al tañer de unas campanas graves. Aquella música no es sólo un sonido. Es un conjunto de armonías que se parecen de pronto a un lamento plañidero y, de pronto, a un himno lleno de fervor y hasta de alegría.
El resto de los cisnes saben de qué se trata, y guardan un respetuoso reconocimiento mientras su compañero está despidiéndose de la vida con ese único canto. Ni siquiera la pareja del moribundo lo acompaña en su canto.
Para pensar Un autor desconocido describía respecto al cisne una de las historias más indescifrables del mundo animal. Bellos, orgullosos, de largos y estilizados cuellos, armónicos, los cisnes no cantan, salvo los ejemplares de una de sus especies que emiten un sonido algo gutural y poco agradable de cuando en cuando. Sin embargo, casi todas las especies de cisnes rompen su mudez de toda la vida en un único momento: cuando van a morir. En ese mismo instante cantan de una manera armoniosa y casi mágica. El sonido de ese canto puede escucharse hasta cinco o seis kilómetros de distancia en los espacios abiertos y se parece, por momentos, a la música de un corno, que es un típico instrumento de orquesta Sinfónica. Luego, cuando la muerte está ya más cercana, aquel sonido cambia misteriosamente y se asemeja mucho al tañer de unas campanas graves. Aquella música no es sólo un sonido. Es un conjunto de armonías que se parecen de pronto a un lamento plañidero y, de pronto, a un himno lleno de fervor y hasta de alegría. El resto de los cisnes saben de qué se trata, y guardan un respetuoso reconocimiento mientras su compañero está despidiéndose de la vida con ese único canto. Ni siquiera la pareja del moribundo lo acompaña en su canto.
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