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UNA HISTORIA LINDA..LA COMPARTO EN VARIAS PARTES..
Ella siguió estudiando en la ciudad y se perfeccionó como enfermera.
Me fuí con la sensación de estar en deuda para siempre, y más aún teniendo en cuenta que ella no era nuestra madre y que pudo irse y olvidarse de nosotros al morir mi padre. Pero no sólo no lo hizo, sino que se quedó y fué la madre que nunca imaginamos.
Años pasaron desde esos días, me recibí y comencé a ejercer como abogado, teniendo siempre contacto con mi hermana y mi segunda madre.
Al cumplir los treinta y tres ella enfermó, yo vivía a unos cuantos kilómetros pero me mudé para acompañarla.
Nos turnamos mi hermana y yo para asistirla, pero el informe médico no era alentador.
Se moría, y ella lo sabía.
Aunque más triste y sin fuerzas aún sonreía, y nos hizo prometer que no la lloraríamos, prefería risas.
La enterramos un lunes, al principio del verano, no quiso que la pusieran junto a mi padre, dijo que ese lugar era de nuestra madre. Ella misma eligió un lugar discreto debajo de los árboles.
Vamos cada cierto tiempo a visitarlos, a los tres.
En la tumba de mamá siempre dejamos rosas rojas sus favoritas, en la de papá leemos el periódico, principalmente los chistes que era lo que más leía. Y en la tumba de nuestra madrastra, la última en nuestro recorrido ponemos caramelos. Ella así lo quiso.
UNA HISTORIA LINDA..LA COMPARTO EN VARIAS PARTES.. Ella siguió estudiando en la ciudad y se perfeccionó como enfermera. Me fuí con la sensación de estar en deuda para siempre, y más aún teniendo en cuenta que ella no era nuestra madre y que pudo irse y olvidarse de nosotros al morir mi padre. Pero no sólo no lo hizo, sino que se quedó y fué la madre que nunca imaginamos. Años pasaron desde esos días, me recibí y comencé a ejercer como abogado, teniendo siempre contacto con mi hermana y mi segunda madre. Al cumplir los treinta y tres ella enfermó, yo vivía a unos cuantos kilómetros pero me mudé para acompañarla. Nos turnamos mi hermana y yo para asistirla, pero el informe médico no era alentador. Se moría, y ella lo sabía. Aunque más triste y sin fuerzas aún sonreía, y nos hizo prometer que no la lloraríamos, prefería risas. La enterramos un lunes, al principio del verano, no quiso que la pusieran junto a mi padre, dijo que ese lugar era de nuestra madre. Ella misma eligió un lugar discreto debajo de los árboles. Vamos cada cierto tiempo a visitarlos, a los tres. En la tumba de mamá siempre dejamos rosas rojas sus favoritas, en la de papá leemos el periódico, principalmente los chistes que era lo que más leía. Y en la tumba de nuestra madrastra, la última en nuestro recorrido ponemos caramelos. Ella así lo quiso.
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