Cuando llegaron los rescatistas, el agua le llegaba al cuello a Omayra. Debajo, entre escombros y el barro, estaba su casa y un cadáver que se sujetaba a ella. “Siento que estoy pisando carne y esa es mi tía; ojalá que no sean mi papá ni mi hermanito”, dijo a un socorrista y a los periodistas que, sin poder ayudarla, habían llegado para cubrir su agonía.
Cuando llegaron los rescatistas, el agua le llegaba al cuello a Omayra. Debajo, entre escombros y el barro, estaba su casa y un cadáver que se sujetaba a ella. “Siento que estoy pisando carne y esa es mi tía; ojalá que no sean mi papá ni mi hermanito”, dijo a un socorrista y a los periodistas que, sin poder ayudarla, habían llegado para cubrir su agonía.